Rojo y negro
Rojo y negro —ApostarÃa algo —dijo el hombre de los chalecos— a que el general va persiguiendo al ministro; se disculpará de haber estado aquà y pretenderá que nos tiene engañados.
Cuando los criados, medio dormidos, acabaron de cambiar las velas, el presidente dijo:
—Deliberemos ya, señores; dejemos de intentar convencernos unos a otros. Pensemos en el contenido de la nota que dentro de cuarenta y ocho horas estarán viendo nuestros amigos de fuera. Hemos hablado de los ministros. Ahora que el señor de Nerval nos ha dejado, ya podemos decirlo: ¿qué más nos dan los ministros? Los obligaremos a querer.
El cardenal asintió con una sonrisa ladina.