Rojo y negro
Rojo y negro —Me parece que no hay nada más fácil que resumir nuestra postura —dijo el joven obispo de Agde, con el ardor concentrado y acuciante del más exaltado de los fanatismos. Hasta ese momento, habÃa estado en silencio; la mirada, que Julien le habÃa visto al principio dulce y sosegada, se le habÃa inflamado tras la primera hora de debate. Ahora se le desbordaba el alma como la lava del Vesubio—. De 1806 a 1814, Inglaterra solo cometió un error —dijo—, y fue no obrar directa y personalmente contra Napoleón. En cuanto ese hombre nombró duques y chambelanes, en cuanto restableció el trono, concluyó la misión que le habÃa encomendado Dios; ya no valÃa sino para inmolarlo. Las Sagradas Escrituras nos enseñan en más de un lugar la forma de acabar con los tiranos. (Vinieron a continuación unas cuantas citas en latÃn.)
»Hoy en dÃa, señores, no es ya a un hombre a quien hay que inmolar, sino que hay que inmolar ParÃs. Toda Francia copia a ParÃs. ¿Para qué armar a esos quinientos hombres por departamento que dicen ustedes? Empresa azarosa que no se rematará nunca. ¿Para qué mezclar a Francia en lo que es personal de ParÃs? Solo ParÃs con sus periódicos ha hecho el daño. ¡Que la nueva Babilonia perezca!