Rojo y negro
Rojo y negro »Hay que zanjar entre el altar y París. Esta catástrofe redunda incluso en los intereses mundanos del trono. ¿Por qué no se atrevió a chistar París con Bonaparte? Pregúntenselo al cañón de Saint-Roch…
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Hasta las tres de la mañana no salió Julien con el señor de La Mole.
El marqués estaba avergonzado y cansado. Por primera vez, hubo en su tono un ruego al hablarle a Julien. Le pedía que le diera su palabra de que no revelaría nunca los excesos de celo, tales fueron sus palabras, de los que el azar acababa de convertirlo en testigo: «No se lo mencione a nuestro amigo del extranjero más que si insiste seriamente en saber cómo son nuestros jóvenes alocados. ¿Qué les importa si cae el Estado? Serán cardenales y buscarán refugio en Roma. A nosotros, en nuestros castillos, nos asesinarán los campesinos».
La nota secreta que el marqués redactó según la extensa acta de veintiséis paginas que había levantado Julien no estuvo lista hasta las cinco menos cuarto.
—Me muero de cansancio —dijo el marqués— y se ve bien en esta nota, a la que le falta claridad al final; estoy más descontento de ella que de cualquier otra cosa que haya hecho en la vida. Ande, amigo mío —añadió—, vaya a descansar unas cuantas horas; y por temor a que lo rapten lo voy a encerrar con llave en su cuarto.