Rojo y negro
Rojo y negro Al dÃa siguiente, el marqués llevó a Julien a un palacio aislado, bastante lejos de ParÃs. Hallaron allà a unos anfitriones singulares que, en opinión de Julien, eran sacerdotes. Le entregaron un pasaporte con un nombre falso, pero donde constaba, por fin, el destino real del viaje, que siempre habÃa fingido desconocer. Subió él solo a una calesa.
Al marqués no le preocupaba en absoluto su memoria, Julien le habÃa recitado cuatro veces la nota secreta; pero tenÃa un gran temor de que lo interceptaran.
—Sobre todo no parezca más que un fatuo que viaja para matar el tiempo —le dijo afectuosamente en el momento en que salÃa del salón—. Es posible que hubiera más de un traidor en nuestra reunión de ayer por la noche.
El viaje fue rápido y muy triste. En cuanto estuvo Julien fuera del alcance de la vista del marqués, olvidó la nota secreta y la misión para no pensar sino en los desprecios de Mathilde.
En un pueblo que estaba a pocas leguas tras salir de Metz, el maestro de postas fue a decirle que no habÃa caballos. Eran las diez de la noche; Julien, muy contrariado, pidió de cenar. Fue a dar un paseo delante de la puerta e insensiblemente, como quien no quiere la cosa, entró en el patio de las cuadras. No vio caballos por allÃ.