Rojo y negro
Rojo y negro —¿En serio? —dijo Julien con expresión inocente.
No bastaba con descubrir el fraude; habÃa que irse: eso fue lo que no consiguieron Geronimo y su amigo.
—Vamos a esperar a que se haga de dÃa —dijo por fin el cantante—. DesconfÃan de nosotros. A lo mejor es con usted o conmigo con quien la tienen tomada. Mañana por la mañana encargamos un buen almuerzo, mientras lo preparan nos vamos a dar un paseo, nos escapamos, alquilamos unos caballos y nos vamos a la siguiente casa de postas.
—¿Y sus cosas? —dijo Julien, que pensaba que a lo mejor era al propio Geronimo a quien habÃan enviado a interceptarlo. HabÃa que cenar y que acostarse. Aún estaba Julien en el primer sueño cuando se despertó sobresaltado con la voz de dos personas que estaban hablando en su cuarto sin cohibirse gran cosa.
Reconoció al maestro de postas, pertrechado con una linterna sorda. Enfocaba la luz hacia la caja de la calesa, que Julien habÃa mandado subir a su habitación. Junto al maestro de postas habÃa un hombre que revolvÃa tranquilamente la caja abierta. Julien solo vislumbraba las mangas, que eran negras y muy estrechas.
«Es una sotana», se dijo. Y cogió despacio unas pistolitas que habÃa puesto debajo de la almohada.