Rojo y negro
Rojo y negro —No tenga miedo de que se despierte, padre —decÃa el maestro de postas—. El vino que les sirvieron fue el que habÃa preparado usted personalmente.
—No veo rastro de papeles —contestaba el sacerdote—. Mucha ropa blanca, perfumes, pomadas, frivolidades; es un joven mundano entregado a sus placeres. El emisario debe de ser más bien el otro, que hace como que habla con acento italiano.
Se acercaron a Julien para registrarle los bolsillos del traje de viaje; sentÃa una gran tentación de matarlos como a ladrones. Nada menos peligroso en lo tocante a las consecuencias. Buenas ganas tenÃa de hacerlo… «No serÃa sino un necio —se dijo—. ComprometerÃa mi misión.» Tras registrar el traje, el sacerdote dijo: «Este no es un diplomático». Se apartó, y muy bien que hizo.
«¡Si me toca en la cama que se atenga a las consecuencias! —se decÃa Julien—. SerÃa muy posible que viniera a apuñalarme, y eso no se lo voy a consentir.»
El sacerdote volvió la cabeza, Julien tenÃa los ojos abiertos a medias. ¡Cuál no fue su sorpresa! ¡Era el padre Castanède! Efectivamente, aunque aquellas dos personas pretendÃan hablar bastante bajo, le habÃa parecido de entrada reconocer una de las voces. A Julien le entraron unas ganas desmedidas de librar al mundo de uno de sus sinvergüenzas más cobardes…