Rojo y negro

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«Pero ¿y mi misión?», se dijo.

El sacerdote y su acólito salieron. Un cuarto de hora después, Julien hizo como que se despertaba. Llamó y despertó a toda la casa.

—Me han envenenado —exclamaba—; ¡padezco horriblemente!

Buscaba un pretexto para acudir en ayuda de Geronimo. Se lo encontró medio asfixiado por el láudano que había en el vino.

Julien, temiéndose alguna broma de esa clase, había cenado chocolate que traía de París. No pudo conseguir despertar a Geronimo lo suficiente para decidirlo a emprender viaje.

—Aunque me dieran todo el reino de Nápoles —decía el cantante—, no renunciaría ahora mismo a la voluptuosidad del sueño.

—Pero ¿y los siete príncipes soberanos?

—Que esperen.

Julien se marchó solo y llegó sin más incidentes a presencia del importante personaje. Perdió una mañana entera pidiendo en vano una audiencia. Afortunadamente, a eso de las cuatro el duque quiso tomar el aire; Julien lo vio salir a pie y no vaciló en acercársele para pedirle limosna. Al llegar a dos pasos del importante personaje, sacó el reloj del marqués de La Mole y lo enseñó ostentosamente.


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