Rojo y negro
Rojo y negro —SÃgame de lejos —oyó que le decÃan sin mirarlo.
A un cuarto de legua de allÃ, el duque se metió en pronto en un Café-Hauss pequeño. En una habitación de esa posada de Ãnfima categorÃa tuvo Julien el honor de recitarle al duque las cuatro páginas. Cuando hubo acabado, este le dijo: Empiece otra vez y vaya más despacio.
El prÃncipe tomó notas. Vaya a pie a la casa de postas más próxima. Deje allà sus cosas y la calesa. Vaya a Estrasburgo como pueda y el 22 de este mes (estaban a dÃa 10) esté a las doce y media en este mismo Café-Hauss. No salga hasta dentro de media hora. ¡Silencio!
Esas fueron las únicas palabras que oyó Julien. Bastaron para infundirle una tremenda admiración. «Asà es —pensó— cómo se tratan los asuntos. ¿Qué dirÃa este gran hombre de Estado si oyera a los charlatanes apasionados de hace tres dÃas?»
Julien tardó dos en llegar a Estrasburgo; le parecÃa que no tenÃa nada que hacer allÃ. Dio un gran rodeo. «Si el demonio ese de Castanède me ha reconocido, no es hombre que pierda fácilmente un rastro. Y ¡cuánto gusto le darÃa burlarse de mà y hacer que fracasara mi misión!»