Rojo y negro
Rojo y negro Habían transcurrido largos años, pero la señora de Rênal seguía sin acostumbrarse a esa gente, a quien solo le importaba el dinero, entre la que tenía que vivir.
De ahí le venía el éxito a Julien, el aldeanito. La señora de Rênal halló dulces deleites que resplandecían por el encanto de la novedad en la simpatía de esa alma noble y orgullosa. No tardó en perdonarle su extremada ignorancia, que era un atractivo más, y la rudeza de sus modales, que consiguió enmendar. Le pareció que merecía la pena escucharlo, incluso cuando hablaban de las cosas más corrientes, incluso cuando se trataba de un pobre perro al que había atropellado al cruzar el camino la carreta de un labriego, que iba al trote. Ante el espectáculo de ese padecimiento, el marido soltaba las risotadas de rigor, pero la señora de Rênal veía cómo Julien fruncía el arco armonioso de las cejas, que eran bonitas y negras. Poco a poco, le fue pareciendo que solo había generosidad, alma noble y humanidad en aquel joven sacerdote. Solo él le inspiró toda la simpatía, e incluso la admiración, que esas prendas despiertan en las personas de bien.