Rojo y negro
Rojo y negro En París no habría tardado en allanarse la posición de Julien con la señora de Rênal; pero en París el amor es hijo de las novelas. El joven preceptor y su tímida enamorada habrían visto en tres o cuatro novelas, e incluso en las canciones de los vodeviles de Le Gymnase, la aclaración de la situación en que se hallaban. Las novelas les habrían indicado qué papel tenían que desempeñar y enseñado el modelo que debían imitar; y a dicho modelo la vanidad habría obligado a atenerse a Julien, antes o después, y aunque sin gusto alguno, y quizá de mala gala.
En una población pequeña de Aveyron o de los Pirineos, el ardor del clima hubiera convertido en decisivo el mínimo incidente. Bajo nuestros cielos, más oscuros, un joven pobre, y que no es ambicioso sino porque su delicadeza de corazón requiere alguno de esos goces que da el dinero, ve a diario a una mujer de treinta años, sinceramente virtuosa, entregada a sus hijos y a quien ni se le ocurre tomar de las novelas ejemplos de conducta. Todo va despacio, todo ocurre poco a poco en provincias, hay más espontaneidad.
Con frecuencia, al pensar en lo pobre que era el joven preceptor, la señora de Rênal se enternecía tanto que se le saltaban las lágrimas. Julien se la encontró un día llorando a más llorar.
—Pero, señora, ¿le ha sucedido alguna desgracia?