Rojo y negro

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—No, amigo mío —le contestó ella—; llame a los niños y vamos a dar un paseo.

Lo cogió del brazo y se apoyó en él de una forma que le pareció singular a Julien. Era la primera vez que lo llamaba «amigo mío».

Terminaba ya el paseo cuando Julien se fijó en que la señora de Rênal estaba muy ruborizada y acortaba el paso.

—Le habrán contado —dijo sin mirarlo— que soy la única heredera de una tía muy acaudalada que vive en Besançon. Me colma de presentes… Mi hijo va progresando… de forma tan asombrosa… que querría rogarle a usted que aceptase un regalito mío, como señal de mi agradecimiento. Solo se trata de unos pocos luises para que se encargue ropa blanca. Pero… —añadió, ruborizándose más aún; y dejó de hablar.

—Pero ¿qué, señora? —dijo Julien.

—No merece la pena —añadió ella, agachando la cabeza— que le diga nada de esto a mi marido.

—Soy pequeño, señora, pero no soy bajo —respondió Julien, deteniéndose, con los ojos brillantes de ira, y enderezándose cuanto pudo—; no se ha parado usted lo suficiente a pensar en eso. Sería menos que un lacayo si me colocase en la circunstancia de ocultarle al señor de Rênal cualquier cosa que tuviera que ver con mi dinero.

La señora de Rênal estaba aterrada.


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