Rojo y negro
Rojo y negro —El señor alcalde —siguió diciendo Julien— me ha entregado treinta y seis francos en cinco ocasiones desde que vivo en su casa; estoy en disposición de enseñarle mi libro de gastos al señor de Rênal y a cualquier otra persona; incluso al señor Valenod, que me aborrece.
Tras esta salida, la señora de Rênal se quedó pálida y trémula, y el paseo concluyó sin que ninguno de los dos pudiera dar con algún pretexto para reanudar la conversación. Querer a la señora de Rênal se tornó cada vez más imposible en el corazón orgulloso de Julien; ella, por su parte, lo respetó y lo admiró; la habÃa reprendido. So pretexto de reparar aquella humillación involuntaria, se permitió las atenciones más afectuosas. La novedad de esos modales hizo dichosa ocho dÃas a la señora de Rênal. Tuvieron el efecto de mitigar en parte la ira de Julien; distaba mucho de ver en ello nada que pudiera tener algo que ver con una inclinación personal.
«Asà son estos ricos —se decÃa—; humillan y luego se creen que pueden remediarlo todo con unas cuantas monerÃas.»
La señora de Rênal tenÃa el corazón demasiado a rebosar, y demasiado inocente aún, para, pese a tener decidido lo contrario, no contarle a su marido el ofrecimiento que le habÃa hecho a Julien y la forma en que este lo habÃa rechazado.