Rojo y negro
Rojo y negro —¡Cómo! —dijo el señor de Rênal, muy picado—. ¿Ha consentido usted en tolerar un rechazo por parte de un criado?
Y, al protestar la señora de Rênal por esa palabra, añadió:
—Hablo, señora, como el difunto prÃncipe de Condé, al presentarles a sus chambelanes a su esposa, recién casada: «Todas estas personas —le dijo— son criados nuestros». Ya le he leÃdo esa parte de las Memorias de Besenval, esencial para las prelaciones. Cualquiera que no sea noble, viva en su casa y reciba un salario es criado suyo. Voy a decirle dos cositas a este caballero y a darle cien francos.
—¡Ay, mi buen amigo! —dijo, temblando, la señora de Rênal—. ¡Al menos que no sea delante de los criados!
—SÃ, podrÃan ponerse envidiosos y con razón —dijo su marido según se iba y pensando en la magnitud de la suma.
La señora de Rênal se desplomó en una silla, casi desmayada de dolor. «¡Va a humillar a Julien, y por culpa mÃa!» Pensó con espanto en su marido y se tapó la cara con las manos. Se prometió solemnemente no volver a hacer confidencia alguna.