Rojo y negro
Rojo y negro Esperaba que Julien la importunase y pusiera cara de desdicha: estaba preparando sus respuestas; pues, sin duda, después de la cena, él intentaría decirle algunas palabras. Pero, lejos de eso, no se movió del salón y ni siquiera volvió la mirada hacia el jardín. ¡Dios sabe cuánto le costó! «Vale más que tengamos enseguida esa explicación», pensó la señorita de La Mole; y se fue sola al jardín. Julien no apareció por allí. Mathilde fue a pasear cerca de las puertas acristaladas del salón; lo vio muy ocupado describiendo a la señora de Fervaques los antiguos castillos en ruinas que coronan los ribazos del Rin y les dan tanto carácter. Empezaba a saber manejar con bastante acierto la frase sentimental y pintoresca que llaman ingenio en los salones.
El príncipe Korázov se habría sentido muy orgulloso de haber estado en París: aquella velada era exactamente como había predicho él.
Habría dado el visto bueno al comportamiento de Julien en los días consecutivos.