Rojo y negro
Rojo y negro Julien, por su parte, hallaba en los modales de la mariscala un ejemplo casi perfecto de esa calma patricia de la que se desprende una urbanidad estricta y en grado aún mayor la imposibilidad de ninguna emoción vehemente. Los arranques imprevistos, la falta de dominio sobre uno mismo, habría escandalizado a la señora de Fervaques casi tanto como la falta de majestad con los inferiores. El mínimo signo de sensibilidad habría sido para ella algo así como una especie de embriaguez moral de la que hay que avergonzarse y que resulta muy perjudicial para la consideración que una persona de alto rango se debe a sí misma. Su mayor felicidad era hablar de la última cacería del rey y su libro favorito, las Memorias del duque de Saint-Simon, sobre todo la parte genealógica.
Julien sabía qué lugar, según la disposición de las luces, le convenía al tipo de belleza de la señora de Fervaques. Se situaba en él de antemano, pero tenía buen cuidado de girar la silla para no ver a Mathilde. Extrañada esta ante tanta constancia en ocultarse de ella, se levantó un día del sofá azul y se fue con la labor junto a una mesita que caía cerca del sillón de la mariscala. Julien la veía de bastante cerca, por debajo del sombrero de la señora de Fervaques. Esos ojos, que mandaban en su destino, lo asustaron de entrada y luego lo sacaron violentamente de su apatía acostumbrada: habló y habló muy bien.