Rojo y negro

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Se dirigía a la mariscala, pero su único objetivo era influir en el alma de Mathilde. Tan animado llegó a estar que al final la señora de Fervaques no entendía lo que decía.

Era ese un primer mérito. Si a Julien se le hubiera ocurrido completarlo con unas cuantas frases de misticismo alemán de elevada religiosidad y de jesuitismo, la mariscala lo habría colocado en el acto entre los hombres superiores llamados a regenerar el siglo.

«Puesto que tiene el mal gusto suficiente —se decía la señorita de La Mole— para hablar tanto rato y con tanto entusiasmo con la señora de Fervaques, no volveré a atender a lo que diga.» Se atuvo a lo dicho todo el final de la velada, aunque le costó trabajo.

A medianoche, cuando cogió la palmatoria de su madre para acompañarla a su cuarto, la señora de La Mole se detuvo en las escaleras para cantar las alabanzas de Julien por todo lo alto. Mathilde se irritó mucho; no podía coger el sueño. Un pensamiento la tranquilizó: «Eso que yo desprecio puede todavía pasar por hombre de mucho mérito a los ojos de la mariscala».


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