Rojo y negro

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—Dentro de ese género inmoral y peligroso —siguió diciendo la mariscala—, Manon Lescaut ocupa, a lo que dicen, uno de los primeros puestos. Las flaquezas y las angustias bien merecidas de un corazón muy criminal se describen, por lo que dicen, con una verdad que tiene hondura: lo cual no impidió a ese Bonaparte suyo decir en Santa Elena que es una novela escrita para criados.

Esta frase devolvió toda su actividad al ánimo de Julien. «Han querido perderme ante la mariscala; le han contado mi entusiasmo por Napoleón. Y con eso se ha picado lo suficiente para que cediera a la tentación de hacérmelo notar.» Este descubrimiento le amenizó la velada y él también estuvo muy ameno. Cuando se estaba despidiendo de la mariscala en el vestíbulo de la Ópera, esta le dijo: «Recuerde, caballero, que quien me quiera no debe querer a Bonaparte; como mucho es posible aceptarlo como una necesidad que impuso la Providencia. Por lo demás, ese hombre no tenía el alma lo suficientemente flexible para sentir las obras maestras del arte».

«¡Quien me quiera! —se repetía Julien—; eso no quiere decir nada o lo quiere decir todo. He aquí unos secretos del lenguaje de los que carecen nuestros pobres provincianos.» Y se acordó mucho de la señora de Rênal mientras copiaba una carta larguísima destinada a la mariscala.


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