Rojo y negro

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—¿Cómo es que me habla de Londres y de Richmond en una carta que escribió ayer, a lo que me parece, después de salir de la Ópera? —le dijo la mariscala al día siguiente con una expresión de indiferencia que a Julien le pareció muy mal fingida.

Julien se vio muy apurado; había copiado línea por línea, sin pensar en lo que estaba escribiendo, y por lo visto se le había olvidado cambiar las palabras Londres y Richmond por París y Saint-Cloud. Empezó dos o tres frases, pero sin posibilidad de acabarlas; se notaba a punto de soltar una carcajada incontrolable. Por fin, buscando las palabras, consiguió llegar a la siguiente idea: «Exaltado con la discusión de los más sublimes y mayores intereses del alma humana, la mía, al escribirle, pudo tener una distracción».

«Estoy impresionando —se dijo—, así que puedo librarme del fastidio del resto de la velada.» Salió a toda prisa del palacete de Fervaques. Por la noche, al volver a mirar el original de la carta que había copiado la víspera, llegó enseguida al sitio fatal en que el joven ruso hablaba de Londres y de Richmond. Julien se quedó muy asombrado al parecerle esa carta casi tierna.



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