Rojo y negro
Rojo y negro Era por el contraste entre la aparente superficialidad de sus palabras y la hondura sublime y casi apocalíptica de las cartas por lo que se había hecho notar. La longitud de las frases sobre todo agradaba a la mariscala; ¡no es el estilo saltarín que puso de moda Voltaire, ese hombre tan inmoral! Aunque nuestro héroe hacía cuanto estaba en su mano para proscribir cualquier tipo de sentido común de su conversación, esta tenía aún un toque antimonárquico e impío que no se le escapaba a la señora de Fervaques. Rodeado de personajes eminentemente morales, pero a quienes con frecuencia no se les ocurría ni una idea por velada, a aquella señora le llamaba mucho la atención todo cuanto pareciese una novedad; pero, al mismo tiempo, opinaba que tenía consigo misma la obligación de sentirse ofendida por las novedades. Llamaba a ese defecto: conservar la huella de la liviandad del siglo…
Pero los salones así solo les interesan a los solicitantes. Todo el aburrimiento de esa vida que llevaba Julien lo comparte sin duda el lector. Son estos los eriales de nuestro viaje.