Rojo y negro

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Durante todo ese tiempo que el episodio Fervaques usurpaba a la vida de Julien, la señorita de La Mole necesitaba contenerse para no pensar en él. Su alma era presa de violentos combates: a veces se jactaba de despreciar a ese joven tan triste; pero, a pesar suyo, su conversación la cautivaba. Lo que más asombrada la tenía era su perfecta falsedad; no le decía ni una palabra a la mariscala que no fuera una mentira o, al menos, un disfraz abominable de su forma de pensar, que Mathilde conocía tan perfectamente en casi todos los asuntos. Aquel maquiavelismo le tenía impresionada. «¡Qué profundidad! —se decía—. ¡Qué diferencia con los badulaques enfáticos o con los vulgares bribones como el señor Tanbeau, que usan ese mismo lenguaje!»

Julien, no obstante, tenía días espantosos. Si se presentaba a diario en el salón de la mariscala era para cumplir con el más penoso de los deberes. Esos esfuerzos para interpretar un papel le dejaban el alma sin la fuerza que le quedaba. Con frecuencia, por las noches, al cruzar por el patio enorme del palacete de Fervaques, no era sino a fuerza de carácter y de razonamiento como conseguía sostenerse algo por encima de la desesperación.




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