Rojo y negro

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«Vencí la desesperación en el seminario —se decía—; sin embargo, ¡qué perspectivas más aterradoras tenía entonces! Estaba labrando o perdiendo mi fortuna, y, tanto en un caso como en otro, me veía obligado a pasar toda la vida en íntima asociación con cuanto más despreciable y repulsivo existe bajo la capa del cielo. La primavera siguiente, solo once meses después, era quizá el más feliz de todos los jóvenes de mi edad.»

Pero con frecuencia todos esos estupendos razonamientos nada podían contra la espantosa realidad. Veía a diario a Mathilde en el almuerzo o en la cena. Por las numerosas cartas que le dictaba el señor de La Mole sabía que estaba en vísperas de casarse con el señor de Croisenois. Este joven encantador iba ya dos veces al día al palacete de La Mole: los ojos celosos de un amante abandonado no se perdían ni una sola de esas idas y venidas.

Cuando le había parecido que la señorita de La Mole trataba bien a su prometido, Julien, al volver a su cuarto, no podía por menos de mirar con cariño sus pistolas.




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