Rojo y negro
Rojo y negro «¡Ay, cuánto más sensato serÃa si le quitase las marcas a la ropa blanca y me fuera a algún bosque solitario a veinte leguas de ParÃs para poner fin a esta vida detestable! —se decÃa—. Como serÃa un desconocido en esa comarca, mi muerte quedarÃa oculta quince dÃas y, pasados quince dÃas, ¿quién iba ya a acordarse de mÃ?»
Era un razonamiento muy sensato. Pero al dÃa siguiente, el brazo de Mathilde, visto a medias entre la manga del vestido y el guante, bastaba para sumir a nuestro filósofo en recuerdos crueles que, no obstante, lo apegaban a la vida. «Bien está —se decÃa entonces—; seguiré hasta el final el camino de la polÃtica rusa. ¿Cómo acabará todo esto?
»Desde luego, en lo referido a la mariscala, cuando transcriba las cincuenta y tres cartas, no escribiré ninguna más.
»En cuanto a Mathilde, estas seis semanas de hacer teatro tan penosas o no cambian nada en su enfado o me consiguen un momento de reconciliación. ¡Santo cielo, me morirÃa de felicidad!» Y no podÃa llegar al final de lo que estaba pensando.