Rojo y negro
Rojo y negro La señora de Rênal se atrevió a ir a la librería de Verrières, pese a la espantosa reputación de liberalismo que tenía el librero. Una vez en ella, escogió unos libros, por valor de diez luises, que dio a sus hijos. Pero eran los libros que sabía que Julien quería. Exigió que allí mismo, en la librería, todos los niños escribieran su nombre en los libros que les habían correspondido. Mientras la señora de Rênal disfrutaba con aquella especie de reparación que tenía el atrevimiento de hacerle a Julien, este se asombraba de la cantidad de libros que veía en la librería. Nunca se había atrevido a entrar en un sitio tan profano; le latía el corazón. Muy ajeno a la idea de intuir lo que sucedía en el corazón de la señora de Rênal, pensaba intensamente en cómo podría un estudiante joven de teología hacerse con algunos de esos libros. Se le ocurrió por fin la idea de que, recurriendo a la maña, podría convencer al señor de Rênal de que era preciso que sus hijos tradujeran al latín la historia de los nobles famosos nacidos en la comarca. Tras un mes de desvelos, Julien vio que la idea prosperaba y en tal grado que, poco tiempo después, se arriesgó a sacar a colación, hablando con el señor de Rênal, la mención de un comportamiento mucho más doloroso para un noble y un alcalde; de lo que se trataba era de que aportase una contribución al enriquecimiento de un liberal tomando un abono en la librería. El señor de Rênal coincidía en que sería sensato que su hijo mayor tuviera un conocimiento de visu de varias obras que oiría mencionar más adelante en la conversación cuando estuviese en la escuela militar; pero Julien se daba cuenta de que el señor alcalde se obstinaba en no ir más allá. Sospechaba que había una razón oculta, pero no conseguía adivinarla.