Rojo y negro
Rojo y negro —Estaba pensando, señor —le dijo un dÃa—, que serÃa de lo más inconveniente que el apellido de una persona de buena cuna, un Rênal, constara en el sucio registro de un librero.
Al señor de Rênal se le despejó el ceño.
—SerÃa también una nota muy mala para un pobre estudiante de teologÃa —prosiguió Julien con un tono aún más humilde— que pudiera descubrirse algún dÃa que estuvo su apellido en el registro de un librero que alquila libros. Los liberales podrÃan acusarme de haber pedido los libros más infames; quién sabe incluso si no llegarÃan a escribir detrás de mi nombre los tÃtulos de esos libros perversos.
Pero Julien se iba alejando del rastro de la presa. VeÃa que el rostro del alcalde recobraba la expresión de apuro y mal humor. Julien se calló. «Ya lo tengo pillado», se dijo.
Pocos dÃas después, el mayor de los niños, al preguntar a Julien por un libro que venÃa anunciado en La Quotidienne, estando presente el señor de Rênal, el joven preceptor le dijo:
—Para evitar cualquier ocasión de darle una baza al partido jacobino y, no obstante, proporcionarme los medios para responder al señor Adolphe, se le podrÃa hacer un abono en la librerÃa al sirviente de menor categorÃa.