Rojo y negro
Rojo y negro —Esa es una idea que no está nada mal —dijo el señor de Rênal, muy contento a todas luces.
—Sin embargo, habrÃa que especificar —dijo Julien con esa expresión seria y casi desdichada que les encaja tan bien a algunas personas cuando ven el éxito de los asuntos que llevan esperando más tiempo—, habrÃa que especificar que el criado no podrá llevarse ninguna novela. Una vez en la casa, esos libros peligrosos podrÃan corromper a las doncellas de la señora y incluso al propio criado.
—Se olvida de los panfletos polÃticos —añadió el señor de Rênal con expresión altanera. QuerÃa disimular la admiración que sentÃa por el sabio mezze-termine que habÃa ideado el preceptor de sus hijos.
La vida de Julien consistÃa, pues, en una retahÃla de negociaciones menudas; y que tuvieran éxito le importaba mucho más que el sentimiento de marcada preferencia que solo de él habrÃa dependido leer en el corazón de la señora de Rênal.