Rojo y negro

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La posición espiritual en que se había visto toda su vida volvía a darse, de igual forma, en casa del señor alcalde de Verrières. En ella, de la misma forma que en el aserradero de su padre, despreciaba hondamente a las personas con quienes vivía y estas lo aborrecían. Veía a diario en los relatos del subprefecto, del señor Valenod, de los demás amigos de la casa, con ocasión de hechos que acababan de suceder ante su vista, cuán poco tenían que ver las ideas de estas personas con la realidad. ¿Que una acción le parecía admirable? Esa era precisamente la que merecía la censura de quienes lo rodeaban. Su respuesta interior era siempre: ¡qué monstruos o qué necios! Lo gracioso, con tanto orgullo, era que con frecuencia no entendía nada en absoluto de aquello de que se estaba hablando.

Nunca en la vida había hablado con sinceridad más que con el anciano cirujano mayor; las pocas ideas que tenía se referían a las campañas de Bonaparte en Italia o a la cirugía. Sus jóvenes arrestos gustaban del relato pormenorizado de las operaciones más dolorosas; se decía:

—Yo no habría pestañeado.

La primera vez que la señora de Rênal probó a tener con él una conversación ajena a la educación de los niños, empezó a hablar de intervenciones quirúrgicas; ella se puso pálida y le rogó que dejase ese tema.


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