Rojo y negro
Rojo y negro Julien no sabía nada fuera de eso. Y así, como se pasaba la vida con la señora de Rênal, el más singular de los silencios se afincaba entre ambos no bien se quedaban a solas. En el salón, fuese cual fuese la humildad del porte de Julien, ella siempre hallaba en sus ojos un aire de superioridad intelectual respecto a cuantas personas acudían a su casa. Si se encontraban un momento a solas con él, lo veía claramente cohibido. Eso la tenía preocupada, pues su instinto de mujer le mostraba que ese cohibimiento no tenía nada de afectuoso.