Rojo y negro
Rojo y negro Según no sé qué idea tomada de algún relato de la buena sociedad tal y como la había visto el anciano cirujano mayor, cuando nadie decía nada en un sitio en que se hallaba con una mujer, Julien se sentía humillado, como si ese silencio fuera una culpa personal suya. Dicha sensación le resultaba cien veces más penosa en un mano a mano. Su imaginación, repleta de las nociones más exageradas, las más españolas, sobre lo que debe decir un hombre cuando está solo con una mujer, no le brindaba, en la turbación en que se hallaba, sino ideas inadmisibles. Tenía al alma en las nubes y, sin embargo, no podía salir del más humillante de los silencios. De forma tal que su expresión severa durante los largos paseos con la señora de Rênal y los niños, se incrementaba con los padecimientos más crueles. Se despreciaba espantosamente. Si, por desgracia, se forzaba a hablar, decía las mayores ridiculeces. Para colmo de desdichas, veía lo absurdo de sus palabras y lo veía de forma exagerada; pero lo que no veía era la expresión de sus ojos; eran tan hermosos y pregonaban un alma tan ardorosa que, igual que les sucede a los buenos actores, prestaban a veces un sentido delicioso a aquello que no lo tenía. La señora de Rênal cayó en la cuenta de que, cuando estaba solo con ella, nunca conseguía decir algo bien dicho más que cuando lo distraía algún suceso imprevisto y no pensaba entonces en dar un giro elegante a un cumplido. Como los amigos de la casa no la tenían acostumbrada al lujo de brindarle ideas nuevas y brillantes, se deleitaba con los relámpagos de ingenio de Julien.