Rojo y negro

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Desde la caída de Napoleón, cualquier apariencia de distinción ha quedado severamente proscrita de las costumbres de provincias. Se temen las destituciones. Los bribones buscan apoyo en la Congregación; y la hipocresía ha progresado a más no poder incluso entre las clases liberales. El aburrimiento se acrecienta. No queda más placer que la lectura y la agricultura.

La señora de Rênal, rica heredera de una tía beata, casada a los dieciséis años con un caballero tradicional y de buena cuna, no había ni visto ni sentido nunca en la vida nada que se pareciera ni de lejos al amor. Solo su confesor, el buen párroco Chélan, le había mencionado el amor, a cuenta de los acosos del señor Valenod, y se lo había descrito con un aspecto tan repugnante que esa palabra no era para ella más que la representación de la idea del libertinaje más abyecto. Consideraba una excepción, o incluso algo completamente antinatural, el amor tal y como se lo había encontrado en las poquísimas novelas que el azar le había puesto ante los ojos. Merced a esa ignorancia, la señora de Rênal, completamente feliz, no pensaba sino en Julien pero distaba mucho de hacerse el mínimo reproche.




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