Rojo y negro
Rojo y negro —Y me las reprocho muchÃsimo, mi buena amiga. Las compuse hace tiempo para una mujer que me querÃa y que me aburrÃa… Es el fallo de mi carácter, me descubro a mà mismo, perdóneme.
Lágrimas de amargura le rodaban por las mejillas a Mathilde.
—En cuanto, si me molesta algún detalle, me ensimismo por un momento sin poder evitarlo —seguÃa diciendo Julien—, mi detestable memoria, que estoy maldiciendo ahora mismo, me brinda un recurso y abuso de él.
—¿Acabo, pues, de cometer sin darme cuenta alguna acción que le ha causado desagrado? —dijo Mathilde, con una ingenuidad deliciosa.
—Recuerdo que un dÃa, al pasar junto a esta madreselva, cortó usted una flor. El señor de Luz se la quitó y usted lo permitió. Yo estaba a dos pasos.
—¿El señor de Luz? Es imposible —contestó Mathilde con la altanerÃa tan espontánea en ella—. No me comporto yo asÃ.
—Estoy seguro —repuso Julien con vivacidad.
—SÃ, es cierto, mi buen amigo —dijo Mathilde, bajando la vista con tristeza. SabÃa positivamente que llevaba muchos meses sin permitirle algo asà al señor de Luz.
Julien la miró con indecible ternura: «No —se dijo—, no me quiere menos».