Rojo y negro

Rojo y negro

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—Aquí vivía pensando en usted; aquí mirada esa celosía y esperaba horas enteras el momento afortunado en que viera a esta mano abrirla…

Fue una flaqueza absoluta. Le describió a Mathilde, con esos tonos auténticos que no es posible inventar, su enajenada desesperación de entonces. Breves interjecciones daban fe de la dicha actual que había puesto fin a aquella pena atroz.

«¿Qué estoy haciendo, santo cielo? —se dijo Julien, volviendo en sí de repente—. ¡Me estoy perdiendo!»

Tan tremenda fue su alarma que le pareció ver ya menos amor en los ojos de la señorita de La Mole. Era una ilusión; pero a Julien le cambió muy deprisa la cara y la cubrió una palidez mortal. Se le apagó la mirada un instante y la expresión de una altivez no privada de malevolencia no tardó en sustituir a la del amor más cierto y entregado.

—¿Qué le sucede, mi buen amigo? —le dijo Mathilde con ternura y preocupación.

—Estoy mintiendo —dijo Julien irritado— y le estoy mintiendo a usted. Me lo reprocho y, sin embargo, bien sabe Dios que la tengo en estima bastante para no mentirle. Me quiere, me es leal y no necesito andarme con frases para agradarla.

—¡Cielos! ¿Todas las cosas deliciosas que lleva dos minutos diciéndome son frases?


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