Rojo y negro

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Mathilde lo vio pensativo.

—¿Soy, pues, completamente indigna de usted? —le dijo cogiéndole la mano.

Julien la besó, pero en el acto la mano de hierro del deber le aferró el corazón. «Si ve cuánto la idolatro me quedo sin ella.» Y antes de apartarse de sus brazos ya había recuperado toda la dignidad que le corresponde a un hombre.

Ese día y los siguientes supo ocultar su enajenada felicidad; hubo momentos en que se negaba incluso el placer de abrazarla.

En otros momentos, la felicidad delirante podía más que todos los consejos de la prudencia.

Cerca de una bóveda de madreselva, pensada para disimular la escalera en el jardín, solía acudir antes para mirar de lejos la contraventana de Mathilde y llorar por su inconstancia. Un roble alto y robusto crecía allí mismo y el tronco de ese árbol impedía que lo viesen los indiscretos.

Al pasar con Mathilde por ese mismo lugar, que tanto le recordaba su tremendo sufrimiento, el contraste entre la desesperación pasada y la felicidad presente fue demasiado para su carácter; se le arrasaron los ojos de lágrimas y, llevándose a los labios las manos de su amiga, dijo:


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