Rojo y negro

Rojo y negro

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Todos los lazos sociales que nos unen están rotos; solo nos quedan ya los de la naturaleza. Después de mi marido, es usted y será siempre la persona más querida. Se me llenan los ojos de lágrimas cuando pienso en el disgusto que le voy a dar; pero, para que mi vergüenza no sea pública, para dejarle a usted tiempo para deliberar y actuar, no he podido diferir más la confesión que le debo. Si el cariño que me tiene y que sé que es muchísimo tiene a bien concederme una modesta pensión, fijaré mi residencia donde usted disponga, en Suiza, por ejemplo, con mi marido. Su apellido es de tan humilde procedencia que nadie reconocerá a su hija en la señora Sorel, la nuera de un carpintero de Verrières. He aquí el apellido que tanto trabajo me ha costado escribir. Temo para Julien, su ira, aparentemente tan justificada. No seré duquesa, padre; pero eso ya lo sabía cuando lo amé; pues fui yo la primera en amarlo, fui yo quien lo seduje. He heredado de usted un alma demasiado elevada para fijarme en lo que sea vulgar o me lo parezca. En vano, con la intención de complacerlo, he tomado en cuenta al señor de Croisenois. ¿Por qué me puso ante la vista el mérito auténtico? Usted mismo me lo dijo cuando regresé de Hyères: «Ese joven, Sorel, es el único que me entretiene»; el pobre muchacho está tan apenado como yo, si cabe, por el disgusto que le causa a usted esta carta. No puedo impedirle que se irrite como padre; pero siga queriéndome siempre como amigo.


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