Rojo y negro
Rojo y negro Cuando pasen veinticuatro horas, ¿por qué iba usted a seguir irritado con él? Mi falta es irreparable. Si lo exige, seré yo la intermediaria que le afirme su hondo respeto y su consternación por haber incurrido en el desagrado de usted. No lo verá; pero yo iré a reunirme con él donde quiera. Está en su derecho y es mi deber, es el padre de mi hijo. Si su bondad accede a concedernos seis mil francos para vivir, los recibiré agradecida; si no, Julien piensa buscar acomodo en Besançon, donde empezará a ejercer la profesión de profesor de latín y literatura. Por muy bajo que sea el peldaño en que empiece, tengo la certidumbre de que irá subiendo. Un hombre como él no temo que se quede en la sombra. Si hay una revolución, estoy segura de que tendrá un papel principal. ¿Podría usted decir otro tanto de alguno de los que han pedido mi mano? ¡Tienen espléndidas fincas! No puedo hallar en esa circunstancia razón ninguna de admiración. Mi Julien llegaría a una posición elevada incluso con el régimen actual si tuviera un millón y la protección de mi padre…
Mathilde, que sabía que el marqués era un hombre que se dejaba llevar por el primer arranque, había escrito ocho páginas.