Rojo y negro
Rojo y negro «¿Qué hacer? —se decÃa Julien mientras el señor de La Mole estaba leyendo la carta—. Dónde están en primer lugar mi deber y, en segundo, mi interés. Lo que le debo es inmenso; sin él habrÃa sido un bribón subalterno y ni siquiera lo bastante bribón para librarme del odio y la persecución de los demás. Me convirtió en un hombre de mundo. Mis bribonadas necesarias serán, primero, menos frecuentes y, segundo, menos infames. Eso vale más que si me hubiera dado un millón. Le debo esta condecoración y esta apariencia de servicios diplomáticos que me sacan de las filas del vulgo.
»Si cogiera la pluma para determinar mi conducta, ¿qué escribirÃa…?
Interrumpió bruscamente a Julien el anciano ayuda de cámara del señor de La Mole.
—El marqués manda que se presente al instante, vestido o sin vestir.
El ayuda de cámara añadió en voz baja, mientras iba andando al lado de Julien:
—Está fuera de sÃ. ¡Tenga cuidado!