Rojo y negro

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Que he preferido a Julien a las gratas satisfacciones que le brindaba la sociedad a la hija del señor marqués de La Mole queda sobradamente probado con mi elección. Esos placeres de consideración y vanidad inane no tienen valor alguno para mí. Hace ya casi seis semanas que vivo separada de mi marido. Bastan para darle a usted testimonio de mi respeto. Antes del jueves que viene saldré de la casa paterna. Sus favores nos han hecho ricos. Mi secreto solo lo sabe el respetable padre Pirard. Iré a su casa; nos casará y, una hora después de la ceremonia, estaremos de camino hacia Languedoc y nunca se nos volverá a ver en París a menos que usted nos lo mande. Pero lo que me consterna el corazón es que todo esto será una anécdota mordaz en contra de mí y de usted. ¿Podrían los epigramas de un público necio obligar a nuestro buen Norbert a enfrentarse con Julien? En una circunstancia así, lo conozco, no tendría yo imperio alguno sobre él. Algo del plebeyo sublevado hallaríamos en su alma. Se lo pido de rodillas, padre mío, venga y asista a nuestra boda en la iglesia del padre Pirard el jueves que viene. La mordacidad de esa malévola anécdota se suavizará así y estarán seguras la vida de su hijo único y la de mi marido, etc.

Aquella carta puso los ánimos del marqués en un singular apuro. Así que por fin había que atenerse a un partido. Todas las costumbres menudas y todos los amigos corrientes habían perdido importancia.


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