Rojo y negro
Rojo y negro Esta donación sorprendió mucho a Julien. No era ya el hombre severo y frío que conocíamos. Todas las ideas se le iban en pensar en lo que fuera a ser de su hijo. Aquella fortuna imprevista y bastante considerable para un hombre pobre hizo de él un ambicioso. Veía a su mujer o a él con 36.000 libras de renta. En cuanto a Mathilde, tenía todos los sentimientos puestos en la adoración de su marido, pues era así como su orgullo llamaba siempre a Julien. Su gran ambición, la única, era que se reconociera su matrimonio. Se pasaba la vida exagerando la enorme prudencia de que había hecho gala al unir su destino al de un hombre superior. El mérito personal estaba de moda en sus ideas.
La ausencia casi continua, la multiplicidad de asuntos, el poco tiempo que tenían para hablar de amor completaron los provechosos efectos de la sabia política ideada hacía tiempo por Julien.
Mathilde acabó por impacientarse de ver tan poco al hombre al que había llegada a querer de verdad.
En un momento de enojo, escribió a su padre y empezó la carta como en Otelo: