Rojo y negro
Rojo y negro Esta carta, larguÃsima y medio borrada por las lágrimas, era efectivamente de puño y letra de la señora de Rênal: estaba incluso escrita con más primor que de costumbre.
—No puedo censurar al señor de La Mole —dijo Julien tras acabar de leerla—; es justo y prudente. ¡Qué padre querrÃa entregar a su queridÃsima hija a un hombre asÃ! ¡Adiós!
Julien se bajó de un brinco del coche de alquiler y corrió hacia la silla de postas parada al final de la calle. Mathilde, de quien parecÃa haberse olvidado, dio unos pasos para ir en pos de él; pero las miradas de los tenderos, que se asomaban a la puerta de sus comercios y que la conocÃan, la obligaron a volver a meterse precipitadamente en el jardÃn.
Julien habÃa partido para Verrières. En ese viaje veloz no pudo escribir a Mathilde como pensaba; la mano no trazaba en el papel sino rasgos ilegibles.
Llegó a Verrières un domingo por la mañana. Entró en la armerÃa de la comarca y el armero lo agobió a enhorabuenas por su reciente fortuna. Era la noticia de la comarca.
A Julien le costó mucho hacerle entender que querÃa un par de pistolas. El armero cargó las pistolas a petición suya.