Rojo y negro
Rojo y negro Estaban sonando los tres toques; es una señal harto conocida en los pueblos de Francia y que, tras los diferentes toques de por la mañana, anuncia que la misa va a empezar de inmediato.
Julien entró en la iglesia nueva de Verrières. Todas las ventanas altas del edificio estaban veladas con cortinas carmesí. Julien se colocó a pocos pasos detrás del banco de la señora de Rênal. Le pareció que estaba rezando fervorosamente. Ver a esa mujer a la que tanto había querido hizo que le temblase tanto el brazo que, de entrada, no pudo cumplir con su propósito. «No soy capaz —se decía—; no soy capaz físicamente.»
En ese momento, el joven diácono que ayudaba a misa tocó la campanilla para la elevación. La señora de Rênal inclinó la cabeza que, por unos momentos, ocultaron casi por completo los pliegues del chal. Julien ya no la reconocía tan bien; le disparó un pistoletazo y falló; disparó otro y ella se desplomó.