Rojo y negro

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Capítulo XXXVI. Detalles tristes

No esperen que flaquee. Me he vengado. He merecido la muerte y heme aquí. Rueguen por mi alma.

SCHILLER

Julien se quedó quieto, no veía. Cuando se recobró un poco, vio a todos los fieles escapando de la iglesia; el sacerdote ya no estaba en el altar. Julien echó a andar bastante despacio detrás de unas mujeres que salían, gritando. Una mujer que quería escapar más deprisa que las demás, le dio un empujón violento y se cayó. Se le habían enredado los pies en una silla que el gentío había tirado al suelo; al levantarse, notó que le apretaban el cuello; era un gendarme con uniforme de gala que lo estaba deteniendo. Julien quiso, mecánicamente, echar mano de las pistolitas; pero otro gendarme le estaba agarrando los brazos.

Lo llevaron a la cárcel. Entraron en una habitación, lo esposaron y lo dejaron solo; cerraron la puerta con dos vueltas de llave; todo sucedió muy deprisa y Julien no sintió nada.

—Todo ha terminado, a fe mía… —dijo en voz alta y volviendo a su ser—. Sí, dentro de quince días, la guillotina… o matarme de aquí a entonces.

No razonaba más allá y se notaba la cabeza como si se la estuvieran apretando violentamente. Miró para ver si alguien lo estaba sujetando. Pasados unos momentos, se quedó profundamente dormido.


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