Rojo y negro

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La señora de Rênal no estaba herida de muerte. La primera bala le agujereó el sombrero; cuando se estaba volviendo, llegó el segundo disparo. La bala le dio en el hombro y, cosa asombrosa, rebotó en el hueso del hombro, aunque lo fracturó, y dio en una pilastra gótica a la que arrancó un cascote de piedra de buen tamaño.

Cuando, tras una cura larga y dolorosa, el cirujano, un hombre muy solemne, le dijo a la señora de Rênal: «Respondo de su vida como de la mía», ella se quedo afligidísima.

Llevaba mucho deseando sinceramente la muerte. La carta, que la había obligado a escribir su confesor actual y que había enviado al señor de La Mole, había sido el golpe definitivo para esa mujer debilitada por una desgracia demasiado constante. Esa desgracia era la ausencia de Julien; ella lo llamaba remordimiento. Su director espiritual, un sacerdote joven, virtuoso y fervoroso, recién llegado de Dijon, se había dado cuenta de todo perfectamente.

«Morir así, pero no por mi mano, no es pecado —pensaba la señora de Rênal—. A lo mejor Dios me perdona que me alegre de mi muerte.» No se atrevía a añadir: «Y morir por la mano de Julien es el colmo de la felicidad».


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