Rojo y negro

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No bien se hubo quitado de encima al cirujano y a todos los amigos que habían acudido en tropel, mandó llamar a Élisa, su doncella.

—El carcelero —le dijo, poniéndose muy colorada— es un hombre cruel. Seguramente lo maltratará, creyendo que eso me agradaría… Esa idea me resulta insoportable. ¿No podría ir, como si fuera cosa suya, a entregarle al carcelero este paquetito donde van unos cuantos luises? Dígale que la religión no permite que lo maltrate… Y sobre todo que no diga nada de que ha recibido dinero.

A esta circunstancia que acabamos de mencionar debió Julien el trato humano del carcelero de Verrières; seguía siendo el mismo señor Noiroud, partidario perfecto de la legalidad ministerial, cuyo susto tremendo ante la llegada del señor Appert ya vimos.

Se presentó un juez en la cárcel.

—He matado con premeditación —dijo Julien—; compré y mandé cargar las pistolas en casa de fulano, el armero. El artículo 1.342 del Código Penal está muy claro; merezco la muerte y la estoy esperando.

El juez, asombrado por esa forma de contestar, quiso hacerle más y más preguntas de forma tal que el acusado se liara en las respuestas.


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