Rojo y negro
Rojo y negro —Pero ¿no se da cuenta de que me muestro todo lo culpable que pueda usted desear? —le dijo Julien, sonriendo—. Nada, señor mÃo, no se quedará usted sin la presa que persigue. Tendrá el gusto de condenarme. Ahórreme su presencia.
«Me queda una fastidiosa obligación por cumplir —pensó Julien—. Tengo que escribir a la señorita de La Mole.»
Me he vengado —le decÃa—. Por desgracia, mi nombre saldrá en los periódicos y no puedo evadirme de incógnito de este mundo. Moriré dentro de dos meses. La venganza ha sido atroz, tanto como el dolor de estar separado de usted. Desde este mismo momento, me prohÃbo a mà mismo escribir y pronunciar su nombre. No hable nunca de mÃ, ni siquiera a mi hijo: el silencio es la única forma de honrarme. Para el común de los mortales seré un vulgar asesino… PermÃtame que le diga la verdad en este momento supremo: me olvidará. Esta gran catástrofe, acerca de la que le aconsejo que no despegue nunca los labios ante nadie en el mundo, habrá agotado para varios años todo lo novelesco y aventurero en demasÃa que veÃa yo en su forma de ser. Estaba hecha para vivir con los héroes de la Edad Media: muestre su firmeza de carácter. Que lo que tiene que suceder ocurra en secreto y sin comprometerla. Use un nombre fingido y no tenga confidentes. Si necesita muchÃsimo que la socorra un amigo, le lego al padre Pirard.