Rojo y negro
Rojo y negro No hable con nadie más; y sobre todo no lo haga con las personas de su clase: los De Luz, los Caylus.
Cuando lleve un año muerto, cásese con el señor de Croisenois, se lo ruego, se lo ordeno como marido suyo. No me escriba, no contestaré. Mucho menos perverso que Yago, a lo que me parece, voy a decir lo que él: From this time forth I never will speak word[78].
Nadie me verá ni hablar ni escribir: estas últimas palabras mías serán para usted mis últimas muestras de adoración.
J. S.
Tras haber enviado esa carta Julien, algo vuelto ya a su ser, se sintió por primera vez muy desdichado. Tuvo que arrancarse sucesivamente del corazón todas y cada una de las esperanzas de su ambición con esta trascendental frase: voy a morir. La muerte en sí no le parecía espantosa. Su vida entera no había sido sino una larga preparación a la desgracia y había tenido buen cuidado de no olvidarse de esa que pasa por ser la mayor de todas.
«¡Cómo! —se decía—. Si dentro de sesenta días tuviera que batirme en duelo con un hombre muy diestro con las armas, ¿caería en la debilidad de estar pensando en ello continuamente y tendría siempre el alma aterrorizada?»
Se pasó más una hora intentando conocerse bien en ese aspecto.