Rojo y negro
Rojo y negro Cuando ya hubo visto con claridad qué tenía en el alma y la verdad se le puso ante los ojos con la misma nitidez que las pilastras de la cárcel, pensó en el remordimiento.
«¿Por qué iba a tener remordimiento? Recibí una atroz ofensa; maté; merezco la muerte; pero nada más… Muero tras haber saldado mis cuentas con la humanidad. No dejo ninguna obligación por cumplir, no le debo nada a nadie; no hay en mi muerte nada vergonzoso, salvo la herramienta. Con eso basta y sobra, cierto es, para cubrirme de vergüenza ante los burgueses de Verrières; pero, considerado desde el punto de vista intelectual, ¿existe algo más mísero que ellos? Me queda un medio de parecerles persona de consideración; y es arrojarle al pueblo monedas de oro según voy camino del suplicio. Mi recuerdo, unida a la idea del oro, será para ellos resplandeciente.»
Tras este razonamiento, que al cabo de un minuto le pareció evidente, Julien se dijo: «Ya no tengo nada que hacer en el mundo»; y se quedó profundamente dormido.
A eso de las nueve de la noche, el carcelero lo despertó al traerle la cena.
—¿Qué se dice por Verrières?
—Señor Julien, el juramento que hice delante del crucifijo en el tribunal del rey el día en que tomé posesión de esta plaza me obliga al silencio.