Rojo y negro
Rojo y negro Le daba gracias al cielo por no haber herido de muerte a la señora de Rênal. «¡Qué cosa tan asombrosa! —se decÃa—. Yo creÃa que con su carta al señor de La Mole habÃa destruido para siempre mi felicidad futura; y menos de quince dÃas después de la fecha de esa carta ya no pienso en absoluto en todo cuanto me tenÃa ocupado entonces… Dos o tres mil libras de renta para vivir tranquilamente en una zona de montaña como Vergy… Era feliz entonces… ¡Y no sabÃa lo dichoso que era!»
En otros momentos, se levantaba sobresaltado de la silla. «Si hubiese herido de muerte a la señora de Rênal me habrÃa matado… Necesito esa certidumbre para no causarme espanto a mà mismo.
»¡Matarme! ¡Esa es la cuestión importante! —se decÃa—. Esos jueces tan formalistas, que tanto se encarnizan con los pobres acusados, que mandarÃan ahorcar al mejor de los ciudadanos para ganarse una condecoración… PodrÃa librarme de su autoridad, de sus insultos en mal francés, que el diario del departamento llamará elocuencia…
»Puedo vivir aún cinco o seis semanas más o menos… ¡Matarme! No, a fe mÃa —se dijo, pasados unos cuantos dÃas—. Napoleón vivió…