Rojo y negro

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Por la noche, ya era demasiado tarde. Una silla de postas vino a recogerlo a medianoche. Quedó muy satisfecho de los gendarmes, sus compañeros de viaje. Por la mañana, al llegar a la cárcel de Besançon, tuvieron la bondad de alojarlo en el piso superior de un torreón gótico. Opinó que la arquitectura era de principios del siglo XIV; admiró su gracilidad y su ingravidez estimulante. Por un estrecho intervalo entre dos muros, más allá de un patio hondo, había unas vistas soberbias.

Al día siguiente, hubo un interrogatorio; tras lo cual, lo dejaron en paz varios días. Tenía el ánimo tranquilo. En su caso no veía nada que no fuera sencillo: «He querido matar, deben matarme».

No le dio más vueltas a esa idea. El juicio, el fastidio de aparecer en público, la defensa, todo eso le parecía leves inconvenientes, ceremonias aburridas en las que ya llegaría el momento de pensar el propio día. Tampoco se paraba a pensar en el momento de la muerte: «Ya pensaré después del juicio». La vida no le parecía aburrida. Lo miraba todo bajo un nuevo aspecto, ya no tenía ambición. Se acordaba pocas veces de la señorita de La Mole. ¡Los remordimientos lo tenían muy ocupado y le traían a las mientes con frecuencia la imagen de la señora de Rênal, sobre todo en el silencio de la noche, que únicamente turbaba, en aquel elevado torreón, el canto del quebrantahuesos!


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