Rojo y negro

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—Menudo corazón debe de tener usted, señor Julien. Dos veces he venido y no he querido despertarlo. Aquí tiene dos botellas de un vino excelente que le envía el padre Maslon, nuestro párroco.

—¿Cómo? ¿Todavía anda por aquí ese bribón? —dijo Julien.

—Sí, señor —contestó el carcelero bajando la voz—; pero no hable tan alto que podría perjudicarnos.

Julien se echó a reír de buena gana.

—En el punto en que estoy, amigo mío, solo usted podría perjudicarme si dejase de ser bondadoso y humano… Recibirá un buen pago —dijo Julien, interrumpiéndose y volviendo a la expresión imperiosa. Justificó acto seguido esa expresión dándole una moneda.

El señor Noiroud volvió a contar con lujo de detalles todo lo que había sabido de la señora de Rênal, pero no mencionó la visita de la señorita Élisa.

Era un hombre tan servil y sumiso como darse pueda. A Julien se le pasó una idea por la cabeza. «Esta especie de gigante deforme debe de ganar tres o cuatrocientos francos, porque su cárcel no está muy concurrida que digamos; puedo garantizarle 10.000 francos si se fuga conmigo a Suiza… Lo difícil será convencerlo de que voy de buena fe». Pensar en un coloquio tan prolongado con una persona tan inmunda le dio asco: se puso a pensar en otra cosa.


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