Rojo y negro

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El carcelero, un gigante de seis pies de alto, se asustó y fue hacia la puerta. Julien vio que estaba tomando un mal camino para llegar a la verdad; volvió a sentarse y le lanzó un napoleón al señor Noiroud.

Según el relato de ese hombre le iba dando pruebas a Julien de que la señora de Rênal no se iba a morir de la herida, notaba este que se iba a echar a llorar.

—Váyase —dijo con brusquedad.

El carcelero obedeció y, en cuanto se cerró la puerta, Julien exclamó: «¡Santo cielo! ¡No se ha muerto!», y cayó de rodillas llorando a más y mejor.

En ese momento supremo, era creyente. ¿Qué más dan las hipocresías de los sacerdotes? ¿Pueden quitarle algo a la verdad y a lo sublime de la idea de Dios?

Solo entonces empezó a arrepentirse Julien del crimen cometido. Por una coincidencia que le evitó la desesperación, solo en ese momento acababa de cesar el estado de irritación física y la locura a medias en que estaba sumido desde que había salido de París rumbo a Verrières.

Sus lágrimas procedían de una fuente generosa; no tenía duda alguna de la condena que lo esperaba.

«¡Así que va a vivir! —se decía—. Va a vivir para perdonarme y para quererme…»

Al día siguiente, ya muy entrada la mañana, cuando el carcelero lo despertó, le dijo:


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