Rojo y negro
Rojo y negro —¡Ay, sigues siendo el hombre superior, ese que yo distinguÃ! Empecé por ofrecerle cien francos a un secretario del juez, que aseguraba que era imposible que yo entrase en este torreón. Pero, tras recibir el dinero, ese hombre honrado me hizo esperar, puso pegas… Creà que estaban pensando en robarme…
Se quedó callada.
—Y ¿qué pasó luego? —dijo Julien.
—No te enfades, Julien mÃo —le dijo ella, besándolo—. No me quedó más remedio que decirle cómo me llamaba a ese secretario, que me tomaba por una operaria joven de ParÃs, enamorada del guapo Julien… Son sus propias palabras. Le juré que era tu mujer y voy a tener permiso para verte a diario.
«El desatino está consumado —pensó Julien—; no he podido impedirlo. A fin de cuentas, el señor de La Mole es hombre de tanta categorÃa que la opinión sabrá de sobra dar con una disculpa para el joven coronel que se case con esta viuda encantadora. Mi muerte, tan próxima, lo tapará todo.» Y se entregó, deliciosamente, al amor de Mathilde: era locura, grandeza de alma, cuanto hay más singular. Le propuso en serio matarse con él.